Peter Piot, Heidi Larson y Stefano Bertozzi

Peter Piot, Heidi Larson y Stefano Bertozzi**
México DF, febrero 18 de 2011.
En 2011, la epidemia de sida entrará a su tercera década. La respuesta global ha tenido grandes fallas pero también logros importantes. A pesar del progreso, el sida no se ha ido.

Las últimas estimaciones de Onusida contaron 2.6 millones de nuevas infecciones el último año y 1.8 millones de muertes, y la enfermedad permanece como la principal causa de muerte en África Subsahariana. Las tasas globales también ocultan problemas locales, como nuevas olas de infección de VIH en Uganda y otros lugares de África, entre hombres gay de Europa Occidental, transmisión continua entre usuarios de drogas inyectables en la Ex Unión Soviética, y epidemias explosivas entre hombres que tienen sexo con hombres en toda Asia.

En muchas sociedades la infección por VIH es ahora endémica. Gracias a la creciente disponibilidad de la terapia antirretroviral, el sida se ha convertido en una enfermedad crónica para quienes tienen la fortuna de acceder al tratamiento. Pero en 2009, sólo 36 por ciento de quienes lo necesitaban tuvieron acceso a esas drogas que salvan vidas.

En ausencia de una cura y de una vacuna, es cada vez más obvio que el sida estará con nosotros por muchas décadas. Esto implica que necesitamos reemplazar la respuesta reactiva a corto plazo, por medidas proactivas a largo plazo. Especialmente en esta prolongada crisis, es importante considerar las implicaciones a largo plazo de las decisiones presupuestales a corto plazo.

El reporte Sida: una perspectiva a largo plazo, publicado por la iniciativa aids2031 –un grupo de trabajo multidisciplinario-, hace una serie de recomendaciones.

Primero, adaptar la estrategia. La prevención debe enfocarse a reducir nuevas infecciones. Los recursos deben concentrarse en las intervenciones más efectivas donde tienen mayor impacto, que es donde la mayoría de nuevas infecciones ocurren.

Al mismo tiempo, la prevención no puede ser efectiva si los obstáculos legales y sociales evitan que alcance a quienes están en riesgo. Esto implica que campañas contra la discriminación, despenalizar las relaciones entre personas del mismo sexo o estrategias de reducción de daño para prevenir el VIH entre quienes se inyectan drogas debe ser una parte integral de los esfuerzos contra el sida.

Segundo, incrementar la eficiencia. Necesitamos ser más efectivos con los recursos disponibles –desde optimizar el tratamiento hasta asegurar un manejo de programas más eficiente. Las prácticas empresariales deben emplearse para una retroalimentación rápida a nivel local, de forma que cada esfuerzo de prevención o de tratamiento sea mejor que el anterior.

Tercero, prolongar los ciclos de financiamiento. No podemos seguir queriendo atacar un problema de largo plazo y un tratamiento de por vida con ciclos anuales de financiamiento. Los ciclos deben cambiar a 10 o 15 años, mientras los indicadores del programa cambian para medir el impacto a largo plazo, como nuevas infecciones y muertes, en vez de sólo ganancias de corto plazo.

Cuarto, continuar innovando. Es crítico invertir en ciencia y tecnología. Además, mientras se mantiene el foco en la innovación, el cumplimiento de las metas necesita igual atención –evaluando qué funciona, qué no y por qué.

Por último, renovar el liderazgo. Estamos consternados por que el liderazgo en sida está languideciendo. Éste ha hecho una diferencia crítica en múltiples niveles y todavía es necesario.

Es crucial recordar que el sida sigue siendo una de las más grandes crisis de nuestro tiempo, habiendo matado cerca de 30 millones de personas desde 1981. Existe una urgente necesidad de tomar una perspectiva a largo plazo y hacer cambios firmes para que millones de personas más no mueran innecesariamente.

*Publicado en el número 175 del Suplemento Letra S del periódico La Jornada el jueves 3 de febrero de 2011
**Peter Piot es director y Heidi Larson es catedrática de la London School of Hygiene & Tropical Medicine. Stefano Bertozzi es director de VIH y TB de la Fundación Bill & Melinda Gates. Traducción y edición del artículo publicado en The Financial Times Limited 2010.

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